Dos noches deléctrico-dionisíacas

cuándo, no significa, me pregunto cuándo, y si puede ser...que vengan, y no se produzca una catársis colectiva. Una alegoría epifánica del goce, de la risa, de la libertad. Sus primeros acordes ya introducen al caos (sensorial)... recuerdos, sueños, fantasías hechas y por hacer llegan empujadas por la activa imaginación endulzada por sonidos deléctricos,  cinematográficos, que generan con mágica creatividad.

La madurez musical babasónica que transpiran en acto se percibe en la facilidad con que la multiplican: un sonido perfectamente pulido y matemáticamente sincronizado para la fiesta, como quien habla tranquilamente entre amigos en ronda "matera", pero mientras hacen (LAS) canciones de dos noches sucesivas para la historia mnémica de todos...y "no esperes nada de mí, no esperes nada de mí, apretado, microdancing"

La onda (carisma) de Dárgelos -innegable-, bastante discreta en esta instancia, mueve a la risa con sus gestos y palabras entre canción y canción. Haciendo reverencia juntando las manos (en forma de rezo) y diciendo Namaste, en sutil y premeditada inclinación al público, por ejemplo, reiteradas veces. No solo en desnudo agradecimiento -inconsciente- de la existencia y apoyo mismo de sus fans y melómanos presentes, sino -básicamente-, después de arrojar esas alegorías sinverguenzas ni tabúes, orgiásticas, dionisíacas, de sexo,  amor, y rock and roll. Porque ellos son rock, "pendejo". 

Y la gente bailaba y bailaba. Bailaba sola o con otros. Como concentrados en la pura libertad (percibida, liberada) de gozarla. Como apela la banda en las mismas canciones, como idas sin irse y más bien insertas más que nunca en el show. Para después salir cantando por las calles infinitas, eufóricos, tranquilamente, para "ser el murmullo de una ciudad que no sepa quien soy"

Crónica: Marcelo Reyes
Foto: Juan Peirano